Murió el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, un hombre sereno, ecuánime y tenaz hasta rallar en la terquedad. Lo suyo no era el histrionismo, nunca, ni en los momentos más complejos de su vida política, levantó la voz. Era tan adusto que se mereció el mote de “la máscara de Paracho”. Sonreía poco, pero cuando lo hacía era un gesto sincero. El carisma del hombre anticlimático mereció sesudos análisis sobre su extraña personalidad. Su muerte provocó un reconocimiento de todas las fuerzas políticas, incluso de aquellos que en su momento fueron sus adversarios y quienes, desde la llamada 4T, lo denostaron por no ceñirse a la voluntad de López Obrador.
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