Yo soy ese niño de 3 años que ha ido con sus padres a la misa del domingo. El cura oficiante, revestido con todos sus coloridos y dorados ornamentos, habla y habla y habla largamente desde el púlpito. Le tiro de la manga a mi padre y le pregunto en voz alta: “Papá: ¿a qué horas se mete el payaso?”. El orador sagrado ha oído aquello, y ha percibido también las risas apenas contenidas de quienes alcanzaron a escuchar la pregunta del chiquillo, que pensaba que aquello era un circo. Nací católico, igual que pude haber nacido protestante, judío o musulmán. Fui bautizado sin tener uso de razón. Cuando lo tenga habré de preguntarme por qué la razón ha puesto en mí dudas que ponen sombra en las luces de la fe. La del carbonero quisiera yo tener, que cree todo y no pregunta nada, y menos aún pregunta a qué horas se meterá el payaso. Mi desmañada heterodoxia, sin embargo, no me impidió lamentar el quebranto de salud que en estos días sufre el Papa León XIV. Una desolada cuarteta popular exclama: “¡Ah, vida! Cuando te inclinas / a joder a los mortales / no valen las medicinas / ni rezos espirituales”. Hago a un lado esa fatalista jácara, y anuncio que, razón o no razón, elevaré una plegaria…
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