En abril publiqué en este espacio que la cadena de contradicciones, al explicar por qué cuatro agentes de la CIA participaban en un operativo en la Sierra Tarahumara como parte de una colaboración bilateral contra el crimen organizado, había hecho al entonces fiscal César Jáuregui un fusible natural para resolver un diferendo político entre la presidenta Claudia Sheinbaum y la gobernadora panista Maru Campos. Esa previsión se cumplió, pero Jáuregui no es sólo un chivo expiatorio de su desaseo, sino que exhibe cómo dos políticas, enredadas, encontraron una mala solución al condenarlo, metiéndose a chapalear en un pantano de simulaciones.
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