Guadalupe Taddei fue obra de Obrador. El cacique de la 4T la puso donde la puso no para servir a la causa de la democracia, es obvio, sino para usarla como instrumento de su malévolo juego de poder y aumentar el dominio de Morena. Eso hizo la señora en forma obscena y lacayuna. López, sin embargo, no tomó en cuenta las debilidades, carencia de aptitudes y decencia de su protegida, quien bien pronto se metió en oscuros tratos de corrupción, de tráfico de influencias y otras turbiedades que condujeron finalmente a su defenestración. Mantenerla en el cargo era ya imposible para el bando –o la banda– morenista. La propaganda gubernamental habrá de presentar lo sucedido como un acto de depuración. No lo es. Si de depuración se tratara, entes como Rocha Moya o Adán Augusto López ya no estarían donde están, sino quizás en una celda, ergástula, mazmorra o calabozo. El peso de la pública opinión forzó al régimen a remover de su cargo a Taddei, muy probablemente a cambio de alguna discreta sinecura a fin de no molestar demasiado al patrocinador de la señora y vigilante del segundo piso, jefe máximo. Su opinión no debe haber estado ajena a la salida de quien acabó de echar a la cloaca los…
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